Solías hacerme reir como nadie podía hacerlo. Solías llegar y con un abrazo enorme, alegrabas mis días. Solía gustarme la forma en que tus ojos se mezclaban con los míos, la forma en que nuestras manos parecían perfectas la una con la otra. Solía sentirme en el aire cada vez que me besabas, y que tus manos, con firmeza, rodeaban mi cintura. Solías hacer explotar mi corazon de alegría cada vez que de tu boca salía una palabra dulce. Solía entrar en una especie de frenesí cada vez que percibía tu olor. Solía creer que todo valía la pena si estabamos juntos.
Ahora cuando me hacés reir, duele. No hay algo más ausente que tus abrazos. Ya no me gusta la forma en que nuestras miradas se encuentran; es como sentir algo que está atrapado y, por el desgaste que supuso todo este tiempo, ya es demasiado tarde para hacerlo salir. Tomar tu mano es toda una misión. Cada beso es una tortura, sentir nuestros labios encajar a la perfección. Cuando sujetás mi cintura o acariciás mi piel, mi cabeza se llena de confusiones. Y aunque de tu boca todavía salgan palabras dulces, ya no sé de que forma interpretarlas. Sentir tu olor me genera una angustia que permanece trabada en el medio de mi pecho, y la cual debo callar. Ahora ya no estoy segura de que todo esto valga la pena.
El tiempo pasa, crecemos, o al menos intentamos. Pero esto no. Estancados en una historia en la que nadie cree. Ni siquiera vos. Ni siquiera yo.
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